La más esclava es la que se cree libre
Así cambian tus manos
No, el feminismo no es una recta columna que ha sobrevivido más de cien años incólume a los ataques de el perverso sistema de organizaciones que han acechado al movimiento desde la sombra, conspirando en su mediante la adulación creada por ejércitos de lobos disfrazados de elfos.
Hemos
leído cientos de ensayos feministas que nos han vuelto a poner de
manifiesto nuestras contradicciones personales, nuestras frágiles
alas, nuestras involuntarias equivocaciones, nuestras posibilidades
de reconquistarnos, de reconocernos, de valorarnos al margen de las
opiniones interesadas de los demás y hemos descubierto también las
debilidades de no pocos discursos contaminados por las
filtraciones del imperante relato masculino. El mayor enemigo del
feminismo es la preponderancia que en su seno siguen manteniendo los
hombres como ejes directores de esos discursos, los compañeros, el
partido, los colegas, los ideólogos, los gestores de las agendas,
el discurso social y culturalmente dominante. Ellos siguen haciéndonos santas, putas, tortilleras, malas o buenas, rojas o
azules. Ellos construyen el relato.
El
feminismo actual, heredero de otros feminismos, no es una
columna recta y sin fisuras, nunca lo ha sido. El feminismo es
diverso y plural, dicen, y en esa pluralidad se buscan escusas para ayudar a digerir mejor las complicidades con ese otro- conciliador-
que ellos desean por encima de todo: Ellas nunca podrán en cuestión a los que somos suyos.
Por
eso el discurso de las mujeres que han resquebrajado el relato, las
lesbianas, es tan molesto. Irene Montero no va descaminada cuando las
incluye. Vienen a mi mente los recuerdos de Gómez León, una mujer española emigrada a EEUU durante la
primera década del siglo XX. Gómez León salió de su tierra
leonesa huyendo del machismo feroz de hombres y mujeres guiados por
la ceguera religiosa, el conservadurismo de la vieja nobleza y el
apabullante crecimiento de una pequeña burguesía analfabeta
que iría cayendo en los mismos vicios de sus predecesores, asentados
palaciegos y eclesiásticos. Gómez León dejó a sus hijos en España a cargo de su familia, nunca regresó. Se convirtió en sufragista. Hoy es una olvidada más, ni sus biznietos saben dónde
descansan sus cenizas, era su último deseo. ¿ Se imaginan a
cualquier mujer de un villorrio español en la primera década del
siglo XX abandonando a su marido, a sus hijos, a su familia, para huir de una sociedad rural atrasada y dominada por eclesiásticos para trasladarse a otro continente?.
Cuando
los hombres imaginaron a las mujeres interviniendo en el discurso público con sus propias decisiones, dispuestas a cambiar los diversos sistemas de dominación que ellos mismos habían
urdido a sus espaldas, pensaron que era mejor integrarlas, crearles
un lugar propio, muy lejos del cuarto propio de Virginia Wolf. Se convirtieron en los perfectos padrinos protectores que mantienen a sus pupilas dentro de murallas invisibles en las que ellas llegan a olvidar su condición de esclavas.
Ellos reinventaron los medios de dominación, regularon nuestra escolaridad, nos imaginaron un director espiritual, nos crearon revistas femeninas, novelitas románticas, historietas de cómics, tiras de humor, nos vigilaron, nos condenaron y nos hicieron protagonistas de las más negras historias de terror, pusieron en nuestras manos la posibilidad de convertirnos en reinas de nuestros propios paraísos. A la llamada acudieron algunas mujeres a las que dejaron interpretar sus relatos y, además, consiguieron hacerlas felices representando sus papeles como si fuesen ellas las que los habían dibujado.
Pasan los años, decenas de años y todavía creen que dibujan con sus propias manos, ausentes para imaginarse atravesadas por el relato de los machos dominantes. Ahora, en la cumbre del fracaso planetario, herida de muerte la tierra, las mujeres se sienten menos solas megáfono en mano, lanzando al viento un mensaje de libertad, olvidándose de que "el más esclavo es el que se cree libre".
Ellos reinventaron los medios de dominación, regularon nuestra escolaridad, nos imaginaron un director espiritual, nos crearon revistas femeninas, novelitas románticas, historietas de cómics, tiras de humor, nos vigilaron, nos condenaron y nos hicieron protagonistas de las más negras historias de terror, pusieron en nuestras manos la posibilidad de convertirnos en reinas de nuestros propios paraísos. A la llamada acudieron algunas mujeres a las que dejaron interpretar sus relatos y, además, consiguieron hacerlas felices representando sus papeles como si fuesen ellas las que los habían dibujado.
Pasan los años, decenas de años y todavía creen que dibujan con sus propias manos, ausentes para imaginarse atravesadas por el relato de los machos dominantes. Ahora, en la cumbre del fracaso planetario, herida de muerte la tierra, las mujeres se sienten menos solas megáfono en mano, lanzando al viento un mensaje de libertad, olvidándose de que "el más esclavo es el que se cree libre".


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